El precio de la frontera: La venganza del cazador bajo el sol de plomo

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Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente en ese pueblo polvoriento con el sheriff corrupto y el implacable cazarrecompensas. Prepárate, porque la verdad de lo que ocurrió en las horas siguientes supera con creces lo que imaginas.

El eco de las espuelas en el desierto

El pueblo de Red Creek parecía suspendido en el tiempo.

Las casas de madera envejecida acumulaban polvo bajo un cielo implacable.

A lo lejos, el chillido de un halcón cortaba el aire seco y pesado.

Por la calle principal avanzaba una figura solitaria a lomos de un potro negro.

El jinete no llevaba prisa, pero cada uno de sus movimientos denotaba una peligrosa experiencia.

Era Silas Vance, un hombre cuyo nombre hacía temblar a los forajidos más desalmados de la región.

Sus ojos, fríos como el acero templado, escrutaban cada ventana y cada rincón sombrío.

No había un alma en las calles.

Todos sabían que cuando Silas cabalgaba hacia un lugar, la muerte venía montada en la misma silla.

La ley que mandaba a punta de pistola

Frente a la comandancia, sentado en su mecedora con total prepotencia, aguardaba el sheriff Malcolm Thorne.

Thorne llevaba una estrella dorada brillante en el chaleco, aunque su alma era más negra que el carbón.

Controlaba el contrabando, el juego ilegal y el oro robado a las caravanas del norte.

Se creía intocable en ese rincón olvidado del mundo.

Daba pequeños sorbos a su vaso de whisky mientras miraba fixamente al forastero.

—Vaya, vaya… Miren quién decidió aparecer por estos rumbos —murmuró Thorne con una sonrisa burlona.

Silas detuvo el caballo justo frente al porche.

El animal resopló, expulsando aire caliente por las fosas nasales.

El cazarrecompensas desmontó con una parsimonia exasperante.

Sus espuelas tintineaban con un sonido metálico que resonaba en el silencio absoluto de la calle.

El objeto que congeló la sonrisa del sheriff

Silas metió la mano en la alforja de cuero gastado.

Sacó un objeto pesado y lo arrojó con fuerza contra las tablas del porche.

El objeto rodó unos centímetros y se detuvo justo contra la bota de Thorne.

Era una placa dorada, idéntica a la del sheriff, pero manchada de sangre seca en los bordes.

Pertenecía a su mano derecha, el diputado Miller.

La sonrisa cínica del sheriff desapareció de golpe.

Su mandíbula se tensó y los nudillos se le pusieron blancos al aferrar el vaso.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó Thorne con la voz ronca de repente.

—A diez millas al norte, intentando dispararme por la espalda —respondió Silas con tono glacial—. Tuviste mala suerte con tu elección de aliados, Malcolm.

Thorne se puso de pie de un salto, haciendo rechinar la mecedora.

—Te estás metiendo en un terreno que no dominas, forastero. Aquí la ley soy yo.

—Tú no eres la ley, Thorne. Eres solo un ladrón con una estrella de hojalata. Y vine por la mitad del oro del último tren.

La trampa oculta tras las puertas de la cantina

El sheriff soltó una carcajada nerviosa, intentando recuperar el control de la situación.

Dio un silbido corto y agudo que cortó el viento.

De inmediato, las puertas batientes de la cantina de enfrente se abrieron de golpe.

Seis pistoleros a sueldo aparecieron en el umbral, con las manos suspendidas peligrosamente sobre las cartucheras.

Eran asesinos a sueldo traídos de los territorios del este.

Thorne recuperó la confianza y volvió a sonreír con desprecio.

—Mira a tu alrededor, Silas. Estás tú solo contra siete revólveres sedientos de sangre.

Silas ni siquiera volteó a mirar a los pistoleros.

Su mirada seguía fija en los ojos aterrorizados del sheriff, por mucho que este intentara disimularlo.

—Los números nunca me han importado, Malcolm. Lo que me importa es el cobro.

—Entonces vas a abonar con tu propia vida —escupió el sheriff con rabia—. ¡Mátenlo!

El estallido que sacudió el mediodía

El tiempo pareció detenerse por un segundo eterno.

Los dedos de los pistoleros comenzaron a cerrarse sobre las empuñaduras de sus armas.

Pero Silas ya se había movido con una velocidad sobrehumana.

Su mano derecha dibujó un arco perfecto en el aire.

Dos detonaciones secas retumbaron simultáneamente en la calle principal, levantando pequeñas nubes de polvo.

Los dos pistoleros que iban al frente cayeron al suelo antes de sacar siquiera medio centímetro de acero.

El eco de los disparos rebotó contra las fachadas de las tiendas abandonadas.

—¡Fuego! ¡Disparen, maldita sea! —gritó Thorne desesperado, cubriéndose detrás de un pilar.

Las balas comenzaron a silbar por todas partes, astillando la madera del porche y levantando esquirlas.

Silas rodó con agilidad felina hacia el lateral del edificio, usando los barriles de agua como cobertura perfecta.

No disparaba por disparar; cada movimiento suyo era un cálculo matemático de supervivencia.

El silencio tras la tormenta de plomo

El humo de la pólvora comenzó a disiparse lentamente bajo el sol abrasador.

Desde su escondite, Silas recargó su revólver con un movimiento mecánico y fluido.

Un silencio tenso volvió a apoderarse de la calle polvorienta.

Se escuchó el gemido de dolor de uno de los pistoleros heridos en la pierna.

Los demás yacían inmóviles sobre la tierra seca.

Thorne, asomándose con terror desde el porche, no podía creer lo que veían sus ojos.

Habían subestimado al cazador.

El sheriff intentó sacar su propio revólver con manos temblorosas.

—Se acabó el juego, Malcolm —dijo una voz fría justo detrás de su oído derecho.

Thorne se congeló por completo.

Sintió el cañón de acero caliente apoyado directamente contra su nuca.

El desenlace del hombre que creía mandar

El sheriff dejó caer el arma al suelo con un ruido metálico sordo.

—No… por favor, podemos negociar el oro… tengo más en la caja fuerte… —balbuceo Thorne, perdiendo toda su arrogancia.

—El oro ya está confiscado y camino al banco federal —respondió Silas sin bajar el arma—. Y tú tienes una cita pendiente con la justicia en la capital.

Silas lo empujó con fuerza hacia adelante, haciéndolo rodar por los escalones del porche.

Lo ató de manos y pies con una soga áspera, sin un ápice de compasión.

Luego, con un esfuerzo calculado, levantó el cuerpo del corrupto sheriff y lo aseguró firmemente sobre el lomo de su caballo.

El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de un rojo intenso y dramático.

Silas montó en su propio corcel, tomó las riendas del caballo que llevaba al prisionero y comenzó a alejarse de Red Creek.

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